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El dolor de la ausencia

Publicado por Zid Alzauro el 11/26/2025

El dolor de la ausencia

El dolor de la ausencia: ¿Y si separarnos fue el primer dolor? Cuando mi mamá partió, mi mundo se quedó en un silencio absoluto, sentí que perdió los colores y que el aire pesaba pero también, ese mundo estalló en preguntas. El dolor de perder a una madre no se parece a ningún otro; es un frío en la espalda porque ya no hay sostén ni abrigo, una orfandad biológica y espiritual que te hace sentir de nuevo un niño pequeño. Es sentir que la raíz que te anclaba a la tierra ha sido arrancada de golpe, dejándome en el aire.

Sin embargo, en medio de ese duelo, una revelación silenciosa comenzó a girar en mi cabeza, resignificando mi comprensión de la vida, la muerte y el origen de todo.

Llegar a la vida: ¿el primer desgarro? Sentir el desgarro de su ausencia me llevó inevitablemente al principio. Si mi mama fue mi fuente de vida física, mi primer universo contenido, y separarme de ella duele tanto… ¿Habrá sentido mi alma este mismo dolor el día que se individualizó y se separó de Dios?

He pensado mucho en el momento de nacer. Solemos creer que el bebé llora por el frío del quirófano o la entrada agresiva del aire en los pulmones vírgenes. Pero, ¿y si ese llanto es mucho más profundo? ¿Y si es el grito de protesta de un espíritu que acaba de perder su libertad absoluta?

Antes de ser un "yo", éramos parte del "Todo". En esa Unidad no existía el frío, ni el hambre, ni la soledad, porque no existían los límites. Venir a la tierra implica un sacrificio inmenso: el de la individualidad. Para entrar en el juego de la vida humana, tuvimos que aceptar comprimir nuestra inmensidad en un cuerpo finito, pequeño, con defectos y aceptar la ilusión de que estamos separados de la Fuente.

Ese es el dolor original. Esa es la herida primaria. Y aquí es donde la figura de la madre cobra su dimensión sagrada: ella es el puente.

Mamá, en la tierra, es la representación más cercana que tenemos de Dios. Sus brazos son lo más parecido a ese hogar celestial que acabamos de abandonar; su amor incondicional es el único eco que nos recuerda de dónde venimos. Por eso, cuando ella muere, la herida se abre de nuevo en toda su magnitud. Su partida nos deja desnudos, enfrentando de nuevo —y esta vez con plena conciencia— la soledad de ser un individuo frente al misterio del universo.

Lo paradójico de la humanidad encarnada Aquí es donde la experiencia humana se vuelve compleja. Nuestra mente lógica, obsesionada con lo tangible, nos dice que la muerte es un final absoluto. Nos estancamos en el dolor porque nuestros ojos buscan un cuerpo y nuestras manos buscan una piel. La mente nos dice que estamos solos, tu cerebro cada día te recuerda que mamá se fue y no volverá, estás sola.

Pero si dejamos de escuchar a la mente y escuchamos al cuerpo, la ciencia se convierte en poesía y nos revela la verdad: la separación es una ilusión óptica.

He comprendido que mi mama no solo "me hizo" en su pancita, sino que se quedó. La biología confirma lo que el espíritu intuye: mi cuerpo es su biografía reescrita. En la doble hélice de mi ADN, su información no es un recuerdo estático, sino una instrucción viva que se replica millones de veces al día. Cada vez que mis células se regeneran, lo hacen consultando el manual que ella escribió.

Más fascinante aún es la herencia de nuestras mitocondrias. La ciencia nos dice que la energía que mueve mis células —el aliento vital (Dios Espíritu Santo) que me permite levantarme, pensar y sentir— proviene exclusivamente de la línea materna. Es un fuego antiguo, una antorcha que ha pasado de madre a hija e hijo desde el principio de los tiempos sin apagarse jamás.

Literalmente, la fuerza que me mantiene viva hoy es una energía que ella me heredó. No es metáfora; es fisiología sagrada.

La verdad de la vida y la esencia Divina. La mente humana lucha por entender lo que el corazón ya sabe: no hay distancia real en el espíritu. Del mismo modo que nunca nos hemos separado realmente de Dios —porque Él vive en nuestra esencia—, tampoco nos separamos jamás de nuestros padres.

El dolor es el precio de vivir en la dualidad, atrapados entre una lógica que exige presencia física y un alma que entiende la eternidad. Pero la lección final de su partida es la integración. Ella dejó de ser un destino exterior para convertirse en mi puerto interior.

Para volver a ella ya no necesito ir a ningun lado; solo cerrare mis ojos y podre sentir cómo su vida sigue latiendo, furiosa y dulce en mis propias venas, me miraré al espejo y veré las canas que nacen en las raíces de mi cabello, del mismo color que ella las tenía, escucharé sus palabras en mis labios porque de ella aprendí la expresión y en ese lugar, en la profundidad de mi propia sangre y espíritu, no existen las despedidas.

Mama Te Amo Siempre, Gracias…